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Mario Muchnik (Editor de los últimos libros de Julio Cortázar (artículo aparecido en el diario español Público)) La imagen que llevo en la memoria, siempre, de Carol y Julio es la de los dos en un drugstore (para decirlo en franglés) de Saint-Germain-des-Près, al otro lado de una mesita que, por un par de horas, compartimos con ellos Nicole y yo. Si la palabra cursi no ofende a nadie, estaban acaramelados. Julio pasaba su larguísimo brazo sobre los hombros de ella y, desde las alturas, se inclinaba con cariño adolescente y la besaba en los labios, que ella le ofrecía con amor de muchacha enamorada. Ella también usaba sus brazos, pero no es fácil abrazar a una secoya: más que abrazarlo, lo palpaba. En París, estas escenas no llaman la atención, pero para nosotros, que conocíamos bien el calvario que había sido para Julio su relación anterior, era como si un pueblo estuviera haciendo la revolución y declarando su libertad. Tuvimos ganas de ovacionarlos ideológicamente. Un par de años después, la imagen que nunca se borrará de mi mente es muy distinta: falta Carol. En la habitación de un hotelucho en Barcelona, Julio me cuenta la aventura de Los autonautas de la cosmopista y la muerte de su amada. En realidad, es poco lo que me cuenta de la muerte de Carol, algunos detalles médicos; pero me describe con precisión su propia vida a partir de la muerte de Carol. No lo hace al borde del llanto ni se autoriza el mínimo gesto de desesperación: es un hombre ante la crueldad de su destino; su mirada se fija en algún lugar que no está en ese humilde cuarto sino muy lejos, por encima de la ciudad y del mar. En su relato sobre la dureza de la ausencia y lo meramente triste de la soledad, hay algo del Lord Jim de Joseph Conrad. Es como si intuyera que la única salida que le queda es su propia muerte, como a Lord Jim, y no sabe que a él mismo le quedan pocos meses, quizás apenas un año, de vida. Para leer la obra de Cortázar, es bueno tener en cuenta que ni la felicidad en Saint-Germain-des-Près ni la carga trágica en el hotelucho de Barcelona tienen la mínima relación con sus personajes. 

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Mario Muchnik (Editor de los últimos libros de Julio Cortázar (artículo aparecido en el diario español Público)) 

La imagen que llevo en la memoria, siempre, de Carol y Julio es la de los dos en un drugstore (para decirlo en franglés) de Saint-Germain-des-Près, al otro lado de una mesita que, por un par de horas, compartimos con ellos Nicole y yo. Si la palabra cursi no ofende a nadie, estaban acaramelados. Julio pasaba su larguísimo brazo sobre los hombros de ella y, desde las alturas, se inclinaba con cariño adolescente y la besaba en los labios, que ella le ofrecía con amor de muchacha enamorada. Ella también usaba sus brazos, pero no es fácil abrazar a una secoya: más que abrazarlo, lo palpaba. En París, estas escenas no llaman la atención, pero para nosotros, que conocíamos bien el calvario que había sido para Julio su relación anterior, era como si un pueblo estuviera haciendo la revolución y declarando su libertad. Tuvimos ganas de ovacionarlos ideológicamente. 

Un par de años después, la imagen que nunca se borrará de mi mente es muy distinta: falta Carol. En la habitación de un hotelucho en Barcelona, Julio me cuenta la aventura de Los autonautas de la cosmopista y la muerte de su amada. En realidad, es poco lo que me cuenta de la muerte de Carol, algunos detalles médicos; pero me describe con precisión su propia vida a partir de la muerte de Carol. No lo hace al borde del llanto ni se autoriza el mínimo gesto de desesperación: es un hombre ante la crueldad de su destino; su mirada se fija en algún lugar que no está en ese humilde cuarto sino muy lejos, por encima de la ciudad y del mar. 

En su relato sobre la dureza de la ausencia y lo meramente triste de la soledad, hay algo del Lord Jim de Joseph Conrad. Es como si intuyera que la única salida que le queda es su propia muerte, como a Lord Jim, y no sabe que a él mismo le quedan pocos meses, quizás apenas un año, de vida. 

Para leer la obra de Cortázar, es bueno tener en cuenta que ni la felicidad en Saint-Germain-des-Près ni la carga trágica en el hotelucho de Barcelona tienen la mínima relación con sus personajes. 

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    Mario Muchnik (Editor de los últimos libros de Julio Cortázar (artículo aparecido en el diario español Público)) La...
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    Solo alguien con tanto amor encima puede ser amado tanto (:
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