Rexouba
grandesvidas:

Lautrec es tan bajito que da vértigo.
Toulouse Lautrec: Un pequeño herrero con monóculo. Un bolsito con  compartimento doble en el que mete sus pobres piernas. Labios gruesos y  manos como las que dibuja, con dedos separados y huesudos, pulgares  aplastados. A menudo habla de hombres bajitos, como diciendo: “Yo no soy  tan pequeño”.
Su pequeñez da lástima, pero lo ves muy vivo, muy amable, con un gruñido  que separa sus frases y levanta los labios, como el viento la gatera de  una puerta.


Ayer, en casa de Lautrec con Tristan Bernard. De una calle donde llovía a  cántaros pasé a un estudio de un calor asfixiante. El pequeño Lautrec  nos abre la puerta en mangas de camisa, con los pantalones caídos y  cubierto con un gorro de panadero. Lo primero que veo, al fondo, sobre  un sofá, son dos mujeres desnudas: una muestra el vientre, la otra el  trasero.
-Si está trabajando no queremos interrumpirle- dice Bernard.
-Ya habíamos terminado-dice Lautrec-. Vístanse, señoritas.
Y va a buscar una moneda de diez francos que deja sobre la mesa. 
Ellas se  visten apenas cubiertas tras las telas, y de vez en cuando  arriesgo una mirada, sin lograr verlas bien; y todo el rato siento en  mis ojos parpadeantes su mirada retadora. Finalmente se van. He visto  muslos mates, flaccideces, cabellos rojos, pelos amarillos.
Lautrec nos enseña su estudio de casa de citas y sus obras de juventud:  enseguida se decidió por lo atrevido y lo feo. Me parece, más que nada,  un hombre con curiosidad artística. No estoy seguro de que lo que hace  esté bien, pero se que le gusta lo raro, que es un artista. Este  hombrecito que llama a su bastón “mi bastoncito”, que si duda sufre por  su estatura, merece, por su sensibilidad, tener talento.
Toulouse Lautrec, es propietario de un convento y anda continuamente entre el convento y el burdel, donde tiene su estudio.
 DIARIO Jules Renard 1887-1910

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Lautrec es tan bajito que da vértigo.

Toulouse Lautrec: Un pequeño herrero con monóculo. Un bolsito con compartimento doble en el que mete sus pobres piernas. Labios gruesos y manos como las que dibuja, con dedos separados y huesudos, pulgares aplastados. A menudo habla de hombres bajitos, como diciendo: “Yo no soy tan pequeño”.

Su pequeñez da lástima, pero lo ves muy vivo, muy amable, con un gruñido que separa sus frases y levanta los labios, como el viento la gatera de una puerta.

Ayer, en casa de Lautrec con Tristan Bernard. De una calle donde llovía a cántaros pasé a un estudio de un calor asfixiante. El pequeño Lautrec nos abre la puerta en mangas de camisa, con los pantalones caídos y cubierto con un gorro de panadero. Lo primero que veo, al fondo, sobre un sofá, son dos mujeres desnudas: una muestra el vientre, la otra el trasero.
-Si está trabajando no queremos interrumpirle- dice Bernard.
-Ya habíamos terminado-dice Lautrec-. Vístanse, señoritas.
Y va a buscar una moneda de diez francos que deja sobre la mesa. 
Ellas se  visten apenas cubiertas tras las telas, y de vez en cuando arriesgo una mirada, sin lograr verlas bien; y todo el rato siento en mis ojos parpadeantes su mirada retadora. Finalmente se van. He visto muslos mates, flaccideces, cabellos rojos, pelos amarillos.
Lautrec nos enseña su estudio de casa de citas y sus obras de juventud: enseguida se decidió por lo atrevido y lo feo. Me parece, más que nada, un hombre con curiosidad artística. No estoy seguro de que lo que hace esté bien, pero se que le gusta lo raro, que es un artista. Este hombrecito que llama a su bastón “mi bastoncito”, que si duda sufre por su estatura, merece, por su sensibilidad, tener talento.
Toulouse Lautrec, es propietario de un convento y anda continuamente entre el convento y el burdel, donde tiene su estudio.

DIARIO
Jules Renard
1887-1910
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